
Del 21 de abril al 4 de mayo de 2026, Bogotá celebró la edición número 38 de la Feria Internacional del Libro de Bogotá, FILBo, uno de los encuentros editoriales más importantes de América Latina. La feria se realizó en Corferias, con India como país invitado de honor, más de 2.300 actividades culturales y una asistencia que superó el medio millón de visitantes.
Para Nahual Editorial, participar en FILBo 2026 fue una experiencia inolvidable. La feria fue extensa en contenido, vibrante y enorme en tamaño; el recinto parecía más un parque de diversiones literario que una feria tradicional. Había diferentes ambientes, tres pabellones gigantes de dos pisos cada uno que se hacían pequeños frente al pabellón principal, que se extendía hasta unos veinte enormes hangares llenos de embajadas y stands de gran escala. Entre los pabellones se distribuían otros edificios dedicados a exposiciones especiales, como el del país invitado, espacios para grandes editoriales y una infinidad de pequeños quioscos de comidas y bebidas. El café, omnipresente, aparecía en cada rincón sin importar hacia dónde se mirara.
Nuestro espacio estuvo ubicado en el stand 128 del pabellón 3, compartido junto a otras dos editoriales costarricenses. Desde ahí, Nahual Editorial presentó parte de su catálogo de cómic nacional, con la participación de Kristian Herrero, autor de Esferascr, y Dave Salazar, autor de Wolfvenom. También estuvieron presentes los cómics de Sibö, de Moisés Gutiérrez, ampliando la muestra de historieta costarricense ante el público colombiano.


Durante las mañanas, casi todos los días, oleadas de niños y adolescentes recorrían los pasillos de la feria. Afuera, una fila interminable de buses escolares se organizaba con una sincronización impecable en un espacio diseñado para ese propósito. Los jóvenes entraban llenos de energía, iban y venían entre pabellones, libros, actividades y stands, muchos de ellos intercambiando postales del inminente Mundial de Fútbol. De hecho, estas postales parecían ser una de las grandes protagonistas de la feria, acaparando buena parte de la atención entre los asistentes.
Los días pasaron volando. Afuera de la feria, en contraste con la organización interna, se extendía un mercado improvisado de comidas callejeras: hamburguesas, arepas colombianas, generosos pinchos de carne coronados con una papa asada y, de vez en cuando, una enorme olla de agua hirviendo con hierbas bajo una receta conocida como canelazo. Esta bebida, servida con licor, ofrecía ese calorcito que se agradece buena parte del tiempo, especialmente por el frío bogotano para un grupo de ticos.
En varias ocasiones, algunas personas se acercaban intentando comprar las invitaciones que la feria entrega a los expositores. En Colombia, como en la mayoría de ferias internacionales —a diferencia de Costa Rica—, es normal cobrar entrada, que en este caso rondaba los cuatro dólares. Estas invitaciones permitían evitar largas filas que, por momentos, parecían interminables.
Alrededor de la feria, el tráfico era intenso y difícil de comparar con otras experiencias. Rápidamente aprendimos que hay horas en las que simplemente ni Uber funciona como una opción viable. También nos quedó pendiente aprovechar mejor las múltiples actividades que se desarrollan simultáneamente; la programación es tan amplia que resulta imposible abarcarla mientras se atiende un stand.



A la hora de comer, encontrar una mesa vacía era prácticamente imposible, por lo que compartir espacio con desconocidos se volvió algo habitual. Lejos de ser una incomodidad, fue una oportunidad para hacer amistades y conocer nuevas personas. La comida, en general, fue excelente, con una fuerte presencia de carnes y menos cadenas de comida rápida internacional en comparación con Costa Rica. De hecho, fue difícil encontrar un McDonald’s cercano, lo que dio paso a cadenas nacionales que, en lo personal, resultaron muy atractivas, con combos completos por un precio aproximado de ¢2.500.
La experiencia también permitió observar una diferencia cultural importante: en Colombia, y en buena parte de Sudamérica, el fútbol ocupa un lugar central dentro de la vida cotidiana. Esa energía se sentía en los pasillos, en las conversaciones y en el entusiasmo de los jóvenes, recordándonos que una feria del libro no solo reúne literatura, sino también cultura viva.
Para Nahual Editorial, FILBo 2026 fue mucho más que una participación internacional. Fue una oportunidad para llevar el cómic costarricense a una feria de escala continental, compartir espacio con editoriales de distintos países y comprobar que nuestras historias también encuentran lectores más allá de nuestras fronteras.
Nahual Editorial agradece profundamente el espacio brindado por la organización de FILBo y se lleva en el corazón los nuevos amigos, contactos y experiencias que surgieron durante esta visita. Más que una feria, Bogotá ofreció una experiencia editorial, cultural y humana que sin duda esperamos repetir.


























